Tan sólo había desaparecido unas semanas de la ciudad y de nuevo todo había cambiado.
De nuevo jugaba con mi mente de plastilina y mi corazón de barro, sin sentido. Ella tendría sus motivos, pero esta vez yo no existí para que volviese a cerrar la puerta, dejando el halo de mi mano entre su casa y la nada, que se había convertido en la calle por donde ir dejando migajas del que creí un triunfo, del que creí una grata sensación y mejor situación.
Sí pregunto, no obtendré respuesta. Si me callo, la pregunta me ronda cuando menos pretendo. ¿Por qué otra vez esta distancia abismal? La puerta de nuevo se ha cerrado.
Y estoy tan cansado de tántas gilipolleces y de tantos imbéciles a los que soportar. La maldita y falsa gente del trabajo, las borracheras sin sentido y sus acompañantes, la mierda que nos rodea, la cual nos empeñamos en oler y criticar. Dónde está la caballerosidad, el honor, la valentía, dónde está la sinceridad y alguien puede decirme dónde se ha metido la maldita realidad sin salpicaduras de pasados, presentes y futuros. ¿Dónde está?
Sigo paseando por una calle llena de peces, pero decido girar a la izquierda y entro en un pequeño callejón en el cual encuentro aquellos peces extraños, aquellos peces que viven el el fondo abisal, aquellos peces que ahora más necesito encontrar. Seguro que ellos dirán cosas como estas:
Lo que más quieres, lo pierdes,
el que más te quiere, lo ignoras,
el que más te rechaza, lo adoras,
el que más te adora, lo rechazas,
el que más te hace sufrir, lo proteges,
el que más te protege, lo utilizas, y
el que más te traiciona lo perdonas....
¿Qué extraña es la vida, no?

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