sábado, 1 de septiembre de 2012

La pequeña puta

Hoy en día, en mi vejez y con el transcurso de muchos acontecimientos y ya cerca de la muerte, me atrevo a confesar que fuí prostituta. Sí, una pequeña puta.

Correría el 1935, aproximadamente... Vivía en una pequeña aldea colindante con un camino que era uno de los pasos principales que comunicaban con los pueblos más grandes, donde el menudeo, compra y venta de productos agrícolas, lana, etc, eran las actividades principales. Por lo tanto el paso de gentes, era constante.
Yo cuidaba de mis ocho hermanos, dos mayores que yo y el resto más pequeños. Mi madre no estaba bien de la cabeza, decían que las últimas fiebres que había padecido tras el parto de Lucas, mi hermano más pequeño, la habían afectado a la razón. Así, que por ser la mujer más mayor, me hacía cargo de todo. Si a mujer se le puede llamar a una niña de 14 años.
Mi padre siempre andaba viajando de acá para allá, para traer dinero o algo que llevarnos a la boca, pero cada vez, tardaba más entre visita a la casa y visita. Así que pasábamos hambre, eso es cierto.

Cuando terminaba de hacer la casa y tenía tiempo, me encantaba ir con Ana al camino, mirar a las gentes que por allí pasaban y si caía algún mendrugo de pan, o alguna moneda bien venida era.

Desde que recuerdo, siempre me decían lo bonita que era. Y que mi belleza era una pena que fuese maltratada por una vida como la que tenía. En nuestras visitas al camino, se repetían las alabanzas y creo que por ello, en ocasiones conseguíamos más comida para nuestras familias. Pero todo era poco.

Yo soñaba con salir de aquella aldea e ir con esas gentes en busca de cosas nuevas, aventuras, así utilicé esa belleza de la que todos hablaban para ganar dinero.

Me iba al atardecer al camino a esperar a que pasase un hombre o grupo de ellos y coqueteaba con ellos, les pedía un pitillo, y a pesar de decirme que era muy joven, me lo daban y se quedaban hablando conmigo un rato, diciendo - qué pena que seas una niña, que si no.... -
Hasta que un día yo contesté, - si no.... qué pasaría? Pero la prudencia, o el miedo a que viniese alguien siempre les alejaba con sus sonrisas y risas, girando la cabeza mientras me guiñaban el ojo.

Un día fuí yo la que me dije, de esta noche no pasa, que lleve dinero a mi casa. Así que, como en otras ocasiones, esperé a que pasara algún hombre sólo o dos hombres... Me insinué, dejé que la tiranta del único vestido que tenía  cayese sobre mi hombro, mientras les pedía un pitillo, sin dejar de mirarles a los ojos, - "parecían embrujados"- Directamente dije - ¿Les gustaría que les hiciese pasar un buen rato a cambio de unas monedas? - 
Yo era virgen, pero había visto muchas veces a mis padres follar, y hacer de todo, mi madre lamer la verga a mi padre hasta el llegar a convulsionar del placer. Así que pensé que sería sencillo. En lo que nunca pensé fué en el dolor que dejar de ser virgen me iba a producir.

Ambos dos accedieron. No eran demasiado mayores, yo les calculé unos 28 o 29 años. Uno de ellos era fisicamente atractivo, el otro no tanto, era grande en su forma y rudo en sus gestos, pero aquella noche de verano, a parte del dolor, me llevé unas cuantas monedas que guardé bajo mi colchón.
Fuímos a una zona apartada del camino, yo visualizando las cosas anteriormente vistas pregunté - ¿quién será el primero?-. Ambos se adelantaron y el más rudo dió un paso atrás, así pues sería el más agraciado el primero al que hacer disfrutar. 
Parecía tímido, así que cogí su mano y lentamente la subí por mis piernas, desapareciendo por el vestido hasta llegar a mis braguitas, él entonces, me tumbó en la hierba y continuó tocandome. - Roberto! (dijo) espera más apartado- Y el chico obedeció y se marchó de mi visión. Como contaba, me siguió tocando por encima de las bragas, marcaba con sus dedos mi rajita de arriba abajo mientras su boca se acercaba a la mía. Yo sentí que me humedecía. Él también lo sintió y sonrió. Sacó su lengua y la pasó por mis labios mientras susurraba lo hermosa que era y las ganas que tenía de follarme. Entonces pasó a correr con sus dedos mis bragas y me tocó directamente. Sus dedos en mi húmedo coño, su boca inmersa en mi boca. Y como un juego de magia y sin darme cuenta, con la otra mano había bajado su cremallera y sacado su verga, su erecta polla, que rozaba mi pierna. El, sin parar un instante puso mi pequeña mano en su polla dura y caliente y empezó a moverla a la vez que metía despacio su dedo en mi estrecho coño. 
Sentía calor, sentía un placer inconfesable ante nadie, hasta que en vez de su dedo fué su polla la que me penetró. Grité del dolor, mientras el se movía encima de mí, indeferente a mis gemidos ocasionados por el dolor y la sangre que corría por su polla y mi pierna. Cada vez se movía más rápido y jadeaba mientras sujetaba mis piernas abiertas por las rodillas, para que no pudiese cerrarlas. Al final se paró. Se corrió y me besó.

Durante dos años practiqué sexo. Cada vez experimentaba más, no sentía vergüenza por lo que muchos de los hombres que me follaban al ir a un pueblo, volvían a hacerlo cuando regresaban.

Me convertí en la pequeña puta, que por su belleza y desparpajo, consiguió ganar el suficiente dinero para dejar a su familia, y dejar la aldea para cumplir mis sueños. Sueños que por suerte se han hecho realidad, olvidando las noches de embestidas, algún golpe y más de un orgasmo.

Tengo una fotografía de aquellos días, me la tomó un hombre que parecía saber mucho del mundo, y me la regaló. Es cierto, era muy hermosa. El fotógrafo me dijo algo que nunca olvidé: -" No sabes todo lo que una imagen puede inspirar..."


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