http://youtu.be/84i7zQ_ACnU
Describirlo es
complicado, pero el miedo, ese miedo, te paraliza. Cose tu boca con un grueso
hilo de acero. Las lágrimas no brotan de tus ojos, que aunque estén muy
abiertos o cerrados fuertemente sólo pueden ver una emoción que se convierte en
pensamiento y aturde tu mente, apresa tu cuerpo y el ruido de tu respiración
agitada es la banda sonora del momento. Y te encuentra aunque huyas, te
persigue por aquellos lugares de luces de colores y gentes sonrientes, va
contigo, detrás de ti y puedes notarlo a tu espalda.
El miedo.
Angustia, desasosiego, soledad, tristeza. Desconfianza, paranoia. Terror. El
miedo tiene los brazos largos, largos dedos, eternas piernas. Si fuera varón,
sería poseedor de un descomunal falo. Araña negra de infinitas patas que te abraza
con dedos grimosos y helados, y una vez que te apresa, es difícil que te
suelte. Te ama con ese amor doloroso de la obsesión. Y acabas entregándote a su
cuerpo desmadejado y hueco. Serpiente mitológica de proporciones titánicas que
devora todo lo que encuentra a su paso. Monstruo. Monstruo infranqueable, inaccesible. Al que
perteneces.
Te manipula, y
haces sin querer hacer, intentas disfrazarte y aferrarte a ella o quizá él, el
ser humano que durante un largo tiempo te ha apartado del Monstruo, y fallas en
tus actos y tus acciones y culpas a la vida del miedo, lo maldices una y mil
veces, “no vuelvas”, le gritas en silencio. Pero ya le has visto y ha vuelto a
por ti.
Y por mucha
ayuda que busques, te apresa los pies al suelo y no puedes dar un paso. Así
inmovilizado te engulle, en pequeños pedacitos sangrantes del más triste y
cobarde modo, porque no luchas, sencillamente no puedes hacerlo. Y quieres
escapar de sus garras, pero son firmes y fuertes, son las que sujetan tu
cabeza, tu locura, lo único que queda de ti. Y como “Saturno devorando a sus
hijos”, casi has desaparecido. Ahora, tan sólo tienes que poder despertar…



No hay comentarios:
Publicar un comentario