lunes, 8 de octubre de 2012

Miedo



http://youtu.be/84i7zQ_ACnU





Describirlo es complicado, pero el miedo, ese miedo, te paraliza. Cose tu boca con un grueso hilo de acero. Las lágrimas no brotan de tus ojos, que aunque estén muy abiertos o cerrados fuertemente sólo pueden ver una emoción que se convierte en pensamiento y aturde tu mente, apresa tu cuerpo y el ruido de tu respiración agitada es la banda sonora del momento. Y te encuentra aunque huyas, te persigue por aquellos lugares de luces de colores y gentes sonrientes, va contigo, detrás de ti y puedes notarlo a tu espalda.


 
El miedo. Angustia, desasosiego, soledad, tristeza. Desconfianza, paranoia. Terror. El miedo tiene los brazos largos, largos dedos, eternas piernas. Si fuera varón, sería poseedor de un descomunal falo. Araña negra de infinitas patas que te abraza con dedos grimosos y helados, y una vez que te apresa, es difícil que te suelte. Te ama con ese amor doloroso de la obsesión. Y acabas entregándote a su cuerpo desmadejado y hueco. Serpiente mitológica de proporciones titánicas que devora todo lo que encuentra a su paso. Monstruo.  Monstruo infranqueable, inaccesible. Al que perteneces.

Te manipula, y haces sin querer hacer, intentas disfrazarte y aferrarte a ella o quizá él, el ser humano que durante un largo tiempo te ha apartado del Monstruo, y fallas en tus actos y tus acciones y culpas a la vida del miedo, lo maldices una y mil veces, “no vuelvas”, le gritas en silencio. Pero ya le has visto y ha vuelto a por ti.


 
Y por mucha ayuda que busques, te apresa los pies al suelo y no puedes dar un paso. Así inmovilizado te engulle, en pequeños pedacitos sangrantes del más triste y cobarde modo, porque no luchas, sencillamente no puedes hacerlo. Y quieres escapar de sus garras, pero son firmes y fuertes, son las que sujetan tu cabeza, tu locura, lo único que queda de ti. Y como “Saturno devorando a sus hijos”, casi has desaparecido. Ahora, tan sólo tienes que poder despertar…

No hay comentarios:

Publicar un comentario